
por Lucía Gómez Ilari y Evelyn Sauerlander
Los hombres conviven con los Dioses, participan de las mismas comidas, se sientan en las mismas mesas y festejan juntos. Cada día es una fiesta donde reina la felicidad. Se divierten y entretienen comiendo, bebiendo y escuchando a las Musas cantar. Esto sucede en las llanuras de Mekone donde abunda la riqueza. En ese valle basta con tener una parcela de tierra para ser rico. Es una edad dorada en la que los hombres y los Dioses no están separados.
Los hombres desconocen todos los males, ellos viven al día sin saber que sucederá mañana, ni que sucedió ayer.
Zeus, hijo del titán Cronos, recurre a Prometeo, uno de los titanes, para realizar la separación de dioses y hombres, porque éste era el más adecuado para llevar a cabo esta tarea ya que no participó del combate contra Zeus. Prometeo mantiene una relación de complicidad y connaturalidad con los hombres porque estos también son criaturas ambiguas que poseen un aspecto divino.
Prometeo consigue un toro magnifico, lo sacrifica y lo divide en dos partes cortándolo en trozos. Cada porción expresará la diferencia entre el estado de los dioses y los hombres. Éste reúne los huesos pelados y los envuelve en un capa delgada de grasa blanca y apetitosa. A continuación prepara otro en el cual coloca las carnes, todo lo comestible y lo cubre con el pellejo del animal. Esto es colocado con el estómago, el vientre viscoso, feo, desagradable a la vista. Prometeo coloca los dos paquetes sobre la mesa frente a Zeus. Él elige la porción cubierta de grasa apetitosa. La parte de los dioses son los huesos pelados untados de grasa y los hombres reciben el resto del animal para consumirlo asado o hervido. Estos últimos deberán enviar a los dioses la parte que les corresponde, es decir, el humo aromático. Prometeo supo engañar a Zeus al dar a los hombres la mejor parte del sacrificio porque deben tomar recursos energéticos del mundo, estos deben comer el pan y la carne de los sacrificios, beber el vino de la viña. Los dioses no conocen el pan, el vino, ni la carne de los animales sacrificados. Viven sin comer, sólo absorben néctar y ambrosia, los alimentos de la inmortalidad.
Los huesos son tanto más importantes por cuanto contienen la médula, ese líquido que para los griegos está relacionado con el cerebro y también con la simiente masculina. La médula representa la vitalidad del animal en su continuidad; a través de las generaciones, asegura la fecundidad y la descendencia. Es la señal de que no se es un individuo aislado sino portador de hijos.
Con este reparto de los alimentos, los humanos están marcados por el sello de la mortalidad, los dioses por el de la perennidad.
Si Prometeo se hubiera limitado a separar las dos partes, los huesos de un lado y la carne del otro, Zeus hubiera podido elegir la vida del animal. Pero como todo estaba alterado, éste comprendió que Prometeo quiso engañarlo y decidió castigarlo. Naturalmente en la batalla de ardides entre Zeus y el titán cada uno trata de burlar al otro. Finalmente se impuso Zeus, quien sin embargo fue desconcertado por las astucias del Titán. Durante el segundo acto Prometeo pagará caro su embuste.
Zeus decide quitar a los hombres el trigo y el fuego, que se encontraban en lo alto de los fresnos, donde no había más que ir a buscarlos. Los hombres disponían de él como de los alimentos, los cereales que crecían sin ser cultivados y las carnes que aparecían ya cocidas. La falta del fuego es una catástrofe para los hombres. Entonces, Prometeo decide burlarse con aire inocente, como un viajero se pasea con una planta en la mano. Lleva al cielo una rama verde de hinojo. Su estructura es contraria a la de los demás árboles, es seco y verde por fuera, y húmedo por dentro.
El titán se apodera de una semilla del fuego de Zeus y la introduce en su hinojo, éste comienza a arder a lo largo de su tallo.
Prometeo regresa a la tierra y entrega a los hombres su rama de hinojo, dentro de ella arde el fuego tomado de una simiente divina. Los hombres proceden a iluminar sus hogares y cocinar la carne.
Zeus ve el resplandor en las casas y lo embarga la furia. Adviértase que Prometeo ha utilizado el mismo procedimiento que para el reparto del sacrificio. Ha jugado con la oposición entre lo interno y lo externo, la diferencia entre la apariencia exterior y la realidad interior.
Zeus les niega el fuego y los cereales a los hombres. Durante la era de Cronos, en el mundo de Mekone, los cereales crecían por su cuenta, no era necesario labrar la tierra. No existía el trabajo. El hombre no estaba sometido al esfuerzo, la fatiga, la extenuación para obtener los alimentos requeridos por su vitalidad. Ahora por disposición de Zeus, el trigo está oculto.
De golpe se hace necesaria la agricultura. Habrá que ganarse el pan con el sudor de la frente, transpirar sobre los surcos al arrojar la semilla en ellos. Asimismo, no consumir todo los que se produce. Será necesaria una reserva para que el hombre no se encuentre desprovisto en la primavera, en esa penosa transición del invierno a la nueva cosecha.
El fuego que tiene Zeus constantemente en sus manos, jamás se debilita ni se pierde: es inmortal. El que poseen ahora los hombres, es un fuego “nacido” y que por lo tanto va a morir. Ese fuego posee un apetito similar al de los mortales. Si no se alimenta permanentemente, se extingue. Los hombres lo necesitan no sólo para obtener calor, sino también para comer.
Pandora
Comienza el tercer acto. Prometeo les ha entregado a los hombres todas las artes. Antes de su intervención, vivían como hormigas en sus cuevas, miraban sin ver, oían sin escuchar, no eran nada y luego, gracias a él, se convirtieron en seres civilizados, distintos tanto de los animales como de los dioses. Pero la lucha de astucias entre Zeus y Prometeo no ha terminado. Zeus ocultó el fuego, Prometeo lo robó; Zeus ocultó el trigo, los hombres trabajan para ganarse el pan. Sin embargo, el dios no está satisfecho, porque considera que la derrota de su adversario no es total.
Convoca a Hefesto, Atenea, Afrodita y divinidades menores como las Horas. Ordena a Hefesto que tome arcilla humedecida con agua y modele una suerte de maniquí con forma de joven, mujer preparada para el matrimonio pero aún soltera, y sobre todo que no haya tenido hijos. Hefesto modela una estatua con rasgos de hermosa virgen. S continuación Hermes le insulfa la vida, le da la fuerza y la voz de un ser humano.
Zeus ordena a Atenea y Afrodita que la vistan, protejan su belleza con el brillo de los aderezos propios del cuerpo femenino: ornamentos, joyas, sostenes, coronas. Atenea la envuelve en una vestimenta magnífica, brillante, luminosa como la grasa que envolvía los huesos en la primera parte de la narración. La joven virgen brilla con todo resplandor. Hefesto la corona con una diadema de donde cuelga un velo de esposa. La diadema está decorada con todos los animales que pueblan el mundo: pájaros, peces, tigres, leones. El rostro de la joven resplandece con la vitalidad de todos los animales. Es una visión espléndida, una maravilla que deja a quien la ve estupefacto y totalmente enamorado.
Allí está la primera mujer frente a los dioses y los hombres, aún reunidos. Es un maniquí fabricado, pero no a semejanza de la mujer, porque ésta aún no existe. Lo femenino ya existía, puesto que había diosas.
Hombres y dioses caen conquistados. Más en su interior se oculta otra cosa. Su voz le permitirá convertirse en la compañera del hombre. Podrán conversar. Pero la palabra le ha sido dada a esta mujer no para decir la verdad y expresar sus sentimientos sino para mentir y ocultar sus emociones.
De los descendientes de Noche nacieron todos los males, la muerte, el asesinato, las Erinias, por cierto, pero además esas entidades que se podrían designar como “palabras mentirosas o seductoras”, “unión o ternura amorosa”. Ahora bien, Afrodita también esta acompañada desde su nacimiento por esas palabras mentirosas propias de la atracción amorosa. Lo más nocturno y lo más luminoso, aquello que irradia la mayor felicidad y el conflicto más sombrío, se reúnen en estos embusten, en la seducción amorosa. He aquí Pandora, luminosa a la manera de Afrodita y semejante a una hija de Noche, hecha de mentiras y coquetería. Zeus no la ha creado para los dioses sino para los mortales.
Es una nueva derrota para Prometeo. Rápidamente, comprende la amenaza que acecha al género humano a que ha tratado de beneficiar. Como indica su nombre, Pro-meteo es el previsor, el que comprende por adelantado. Su hermano, llamado Epi-meteo, el que comprende después, epí, demasiado tarde, el que siempre resulta engañado y vencido por no haber previsto lo que sucedería. Nosotros, pobres y desgraciados mortales, somos a la vez prometeicos y epiteicos: prevemos, hacemos planes y con frecuencia las cosas suceden contrariamente a nuestras previsiones, nos sorprenden y nos encuentran indefensos. Prometeo comprende lo que sucederá y advierte a su hermano:
-Escucha, Epimeteo, si alguna vez los dioses te envían algún regalo, no lo aceptes, que regrese por donde vino.
Epimeteo jura que no lo aceptará. Pero resulta que los dioses le envían a la persona más encantadora que existe. Es Pandora, regalo de los dioses a los humanos, quien golpea a su puerta. Maravillado, Epimeteo le permite la entrada a su casa. Al día siguiente se casan y Pandora se queda a vivir entre los humanos como esposa. Así comienzan todas las desgracias de éstos.
A partir del momento en que los dioses producen a la mujer, los hombres ya no aparecen de golpe sino que nacen de ella. Para reproducirse, los mortales deben copular. Esto indica un movimiento temporal diferente.
La “raza” de las mujeres femeninas, se caracteriza por ser insaciable. Lo poco que hay no puede satisfacerla. Por eso el relato dice que Hermes le ha dado corazón de zorra. Su ambición es de dos órdenes. En primer lugar, es alimenticia. Pandora tiene un apetito feroz, come constantemente, siempre está sentada en la mesa. En cada hogar donde hay una mujer, se instala un hambre insaciable, un apetito devorador. En este sentido, la situación es similar a la de un panal. Por un lado están las abejas obreras que por la mañana vuelan al campo, se posan en las flores y recolectan la miel que llevan de vuelta a hogar. Por el contrario, están los zánganos, que jamás abandonan el hogar y jamás están satisfechos. Consumen toda la miel recogida pacientemente por las obreras. Asimismo, en los hogares humanos, por un lado están los hombres que sudan en los campos, se desloman para abrir los surcos y recoger el trigo, y por el otro, en las casas, están las mujeres, cual zánganos, devoran la cosecha.
No sólo devoran y agotan las reservas sino que ésa es la razón principal por la cual la mujer trata de seducir al hombre. Como dice Hesíodo, envuelve al joven muchacho con sus aires de seducción, pero en realidad espía de reojo su reserva de trigo. Y cada hombre, como Epimeteo, maravillado y deslumbrado, se deja cautivar.
Las mujeres además tienen un apetito devorador. Clitemnesta y otras mujeres conocidas por haber engañado a sus maridos siempre dicen que son la zorra que vela por la casa. Desde luego, el temperamento de zorra se refiere también al aspecto sexual.
Los griegos dicen que la particularidad de las mujeres es que por haber sido creada de arcilla y agua pertenecen al universo húmedo. Por suerte, los hombres tienen un temperamento parecido a lo seco, lo ácido, el fuego.
La mujer, la esposa, es un fuego que consume al marido constantemente, día tras día, lo agota y lo envejece antes de tiempo. Ahora, el dilema es el siguiente: si un hombre se cada, su vida se vuelve un infierno, salvo que tenga la suerte de conseguir una esposa muy buena, pero éstas son escasas. Por consiguiente, la vida matrimonial es un infierno, los males se suman. Un hombre que no se casa puede llevar una vida feliz, tener de todo, pero en el momento de morir, ¿qué será de su riqueza acumulada? Será distribuida entre allegados por los cuales tal vez no sentía mucho afecto. Si se casa, es una catástrofe; si no se casa, es otra clase de catástrofe.
La mujer es una ser doble. Es una panza, un vientre que devora todo lo que su esposo ha recogido a costa de dolor, trabajo y fatiga; pero este vientre es el único capaz de darle aquello que prolonga su vida: un hijo. La esposa encarna la voracidad que destruye y la fecundidad que produce. Resume todas las contradicciones de nuestra existencia. El casamiento distingue a los hombres de las bestias, las cuales copulan como se alimentan, al azar de lo que encuentran, de cualquier manera. La mujer es característica de una vida cultivada; ha sido creada a imagen de las diosas inmortales. Cuando se mira a una mujer, se contempla a Afrodita, Hera Atenea. Por su belleza, seducción, es de algún modo la presencia de os divino sobre esta tierra. La mujer une el aspecto te zorra de la vida humana con su aspecto divino. Oscila entre los dioses y las bestias, lo cual es propio de la humanidad.
1 comentario:
el texto esta muy completo posee algunos errores arreglables. Muy buena puntuacion
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